martes, 1 de mayo de 2012

La máquina de tortura

Está ahí, enfrente de mí, observándome con desdén. De vez en cuando le echo un vistazo con recelo. Nunca lograremos llevarnos bien. Nunca. Ni lo pretendo. Suelo intentar congeniar con la gente que me ofrece algún servicio; pero una posible relación afectiva entre nosotros es genéticamente imposible y lo nuestro se limitará durante un breve espacio de tiempo a un simple intercambio de prestaciones. Como dicen en las pelis de amor finito, lo nuestro es imposible.


Hay dos especies que ejercen sobre mí una boba fascinación. Los matemáticos y la gente que practica voluntariamente deporte. Incapaz como me encuentro de comprender la materia de la que se alimentan sus existencias.


¿Qué es un matemático? es una persona que por ejemplo, se inventa infinitas dimensiones, (más allá de las tres tradicionales pa'lante, pa'los lados y p'arriba), las ve, las entiende, las maneja, las calcula e incluso podría construirse un loft y vivir tan ricamente en todas ellas.



¿Qué es una persona que practica deliberadamente el deporte? Y no hablo de todas esas criaturas que lo practican con ánimo de lucro (pobrecitas) ni de las que disfrutan patológicamente del dolor (marranillos). No. Me refiero a esa persona que intencionadamente inflige dolor corporal a su body, pasa las de Caín y vuelve a hacerlo al día siguiente por gusto y necesidad.


Llevaba seis años criando polvo en el desván de la casa. Después de un triste epílogo sirviendo de perchero en el comedor había sido finalmente sustituida por la cunita de viaje y desterrada al desván. Y ahora ha vuelto. Con sus cuernos retorcidos que le otorgan el aspecto de la calavera de un Minotauro sobre un esqueleto de hierro y plástico oscuro está esperando a que me suba. Y ¿por qué?


Que estoy incapacitada para el deporte de la misma manera que lo estoy para las matemáticas es un hecho palpable y mis padres aun conservan los informes de mis sucesivos profesores de Educación Física que lo corroborarán. He intentado en múltiples ocasiones confraternizar con él pero ha sido en vano. El cuerpo de cada cual es sabio, y por la reacción catatónica/catastrófica que me sacude cada vez que me pongo a ello, entiendo también que se trata de un mensaje subliminal que el mío me trasmite advirtiéndome de que no debo hacer deporte. En mi último intento que consitió en practicar el tradicional "jogging" o como lo llaman aquí "footing", supongo que recordando que en mis años jóvenes era de las poquitas actividades que conseguía realizar (al menos esta no requería de especiales dotes circenses como subirse a una cuerda o efectuar peligrosos saltos mortales) a los tres o cuatro minutos, los ojos amenazaron peligrosamente con salirse de sus órbitas, la cabeza se me hinchó tomando proporciones mastodónticas y mi tracto nasal me advirtió de que sangraría profusamente o le prendería fuego a todo mi aparato otorrinolaringológico si no paraba ipso facto. Y claro, paré.


El cuerpo de cada cual es sabio y además, la naturaleza supo dotar al mío con la fuerza física, tetas y culo suficientes como para no tener que llevarlo intencionadamente al colapso.

Entonces, ¿por qué? El domingo tuve un sueño. Soñé que subía el ¿Tourmalet? y que me sentía extraordinariamente bien. Así que al recordarlo y sin pensármelo mucho, después de desayunar, me puse el chándal, llamé a mi marido (matemático y deportista voluntarioso) y entre los dos bajamos mi ciclostatic.

¡Claro que es lo mismo!!! Es incluso mejor. Sin coches que me atropellen, bichos que se me metan en la boca, marchas que cambiar, o sol que me queme. Y sin necesidad de quedarme tirada y teniendo que llamar a alguien para que venga y nos cargue a mi ciclostatic y a mí.

Poco a poco. A ver cuándo dura la aventura. Mi marido dice que le dé un mes. Pero le voy dar quince días, y si después de eso, no ha logrado convencerme, e-bay baby!!!