sábado, 21 de abril de 2012

Mojácar, 23 de julio de 2009.

A quien le diga que he tardado en encontrar lo que buscaba ayer exactamente el tiempo de abrir dos carpetas. Cosa de duendes. Alguna vez hablaré de duendes. Lo voy a publicar tal cual. No lo voy a retocar. Sin embargo, añadiré el  final. No recuerdo por qué lo dejé a medias. Lo escribí pensando que el testimonio de alguien que había vivido aquel incendio podría interesar pero después me di cuenta de que me había dejado de importar el que mis palabras pudieran interesar a nadie. Y como este espacio es mío, con lo que me ha costado encontrarlo, aquí lo dejo.


Esta mañana me he topado con las fotos que salen en El Almería de lo que pasó aquel día y la verdad es que me he quedado un poco alucinada. Yo también tengo fotos pero la verdad es que en aquellos momentos lo que menos importaba era echar fotos. A nosotros nos pilló allí. Nuestra urbanización se encuentra muy cerca del Mandala. A las 2 de la tarde, estábamos en la piscina con las dos crías cuando empezó a soplar un fuerte viento de poniente de esos que queman, literalmente soplaba fuego. Me subí a la pequeña que tiene ahora siete meses y lo primero que hice fue cerrar las ventanas y las contraventanas para que no entrara el calor.

A las cinco de la tarde me llama mi hermana que acababan de llegar a Garrucha para decirme que no se me ocurriera sacar a las crías a la calle que el coche marcaba 48º. A la media hora, nos llama otra vez. Que saliéramos de Mojácar pitando, que lo que habían visto a lo lejos desde la carretera y que en principio parecía una tormenta de arena estaba llenando Garrucha de olor a humo. Abrimos la ventana y al asomarnos vimos que la Sierra se estaba quemando pero ni el humo ni las cenizas nos estaban llegando a nosotros. Le digo que no parece que haya peligro- gritos de mi hermana histérica- y que hemos quedado en que nos traían un puf a las 6 y media, que después ya veríamos. Algunos vecinos ya empezaban a cargar los coches y a irse.

Más o menos por esa hora y desde la terraza oigo la voz lejana de un altavoz avisándonos que en hora y media tenemos que desalojar las viviendas. Llega mi marido con los del puf, que todavía a día de hoy no sé cómo llegaron hasta allí ni cómo se atrevieron. Le comento a mi marido lo de que nos tenemos que ir, pero es que en ese momento, no teníamos sensación de peligro. Llamada de mi hermana histérica para ver si nos hemos ido ya y que si queríamos salir ardiendo, allá nosotros pero que ella iba para allá a bucar a las crías. Mi marido se da una vuelta por la urbanización. Una vecina le aconseja quitar todo lo que hay cerca de las ventanas, las cortinas, los muebles, etc y eso hacemos.

8 de la tarde. Cargamos a las crías y el equipaje y emprendemos la huida. En El Árbol hay un helicóptero, pero al parecer y por culpa del viento, no pueden hacer nada. Enfrente han montado todo un dispositivo de tiendas y de gente. Y hay una circulación bárbara dirección Garrucha. Los conductores nos miran como diciendo vais a tardar un rato en poder incorporaros. Los coches no avanzan. Mi marido se baja del coche para ver lo que pasa. Resulta que los están desviando todos para Carboneras. Por ahora no se puede pasar de ninguna de las maneras. El guardia civil que está allí nos aconseja que visto el tráfico que hay, mejor nos quedemos en casa, y que ya nos avisarán si tenemos que largarnos. Llamo a mi hermana. Mi madre me aconseja que ponga trapos húmedos en las rendijas de puertas y ventanas para evitar que entre el humo. La verdad es que cuando me contaron luego las noticias que llegaban a Garrucha entiendo que para ellos fueran momentos de angustia, que si se había quemado la gasolinera, que los Marina de la Torre estaban ardiendo y que incluso las llamas habían llegado al Hotel Continental. Todo Mojácar estaba ardiendo y nosotros seguíamos sin sensación de peligro alguno.

Sobre las 9, estoy dándoles la cena a las crías, abro la ventana de la terraza, y empieza a meterse un fuerte olor a humo. Mi marido ha bajado a hablar con los vecinos, el humo ya se huele por todas partes y hay que irse. Les ofrece venirse con nosotros que tenemos sitio para todos pues son de Galicia y de Castilla La Mancha pero prefieren quedarse.

Ahora sí que sentimos miedo, por las crías. La circulación es densa pero no más que otro día cualquiera. Guardo muchas imágenes de ese trayecto desde el Pueblo Indalo hasta el Hotel. Gente paseado, vestida para salir a cenar, algunos no prestan demasiada atención a las llamas que están en lo alto del cerro detrás de las urbanizaciones. Recuerdo en particular como de repente una mujer agarra del brazo a su marido y le señala atónita el fuego. El ambiente es de aparente normalidad y los raros somos los que nos vamos. Aunque si que veo a algunos cargando coches.

La carretera de Mojácar a Carboneras es peligrosa pero aquella noche os aseguro que no. En algunos sitios se la puede ver totalmente marcada con las luces traseras de los coches. No vamos rápido pero tampoco lento.

...













Mi marido se llevó a la mayor en su coche hasta Terreros y yo me llevé a la pequeña a Garrucha. No olvidaré nunca cómo al bajar del coche, mi madre se abrazó a mí y cogió a mi hija llorando. Me sorprendió porque me di cuenta entonces de cómo lo habían vivido desde el otro lado del fuego. No fuimos conscientes del peligro que corríamos??? No lo corrimos?? No lo sé. Fue... una experiencia límite.