viernes, 13 de abril de 2012

El Por qué (1º parte)

Jueves 12 de abril:
5:00- Subo al cuarto de baño a encender el radiador. Pertenece al ritual. Mi intención es ducharme a las 6 y media. Tengo que limpiar la cocina, el salón, y finalmente vestirme para ir a comprar tabaco. Esas son las tareas que he planificado para antes de mi baño. Yo siempre planifico. No es una imposición sino más bien una manía. Cuando me despierto, afronto la mañana planificando lo que tengo que hacer, y conforme va pasando el día, voy planificando. Incluso cuando como, planifico. Cuántos trozos de pan o de tomate tengo, cuántas copas de vino, y divido, sumo y resto hasta obtener un resultado proporcionado de lo que dispongo sin que nunca falte ni sobre nada.
Limpio, me visto y entonces, justo en el momento en que me voy para el estanco, llega mi little family de Cantoria. Porque por mucho que te guste planificar cada minuto de tu vida, existen unos seres que la habitan, encantadores dicho sea de paso, a los que les importa una leche que hayas planeado ducharte a las 6 y media. Mientras descargamos a las dos mininas, mi marido me pregunta por qué he llamado... Para saber si te ibas a pasar por el Bierzo. Es que estoy esperando a que me llamen del seguro. ¡Ve tú! La palabra "seguro" es inapelable e ineludible. No puedo ir sin seguro que está a punto de caducar y mi #marido-contable-asesorfinanciero-gestor-hacedordelarenta está detrás de conseguírmelo más barato. Además, si siempre he pensado que para conseguir el número de bastidor, me tenía que agachar y buscarlo por la zona de la barra que une las ruedas delanteras. Es preferible que vaya a comprar carne, que de comida entiendo algo más.
La carnicería del Bierzo pilla de paso que voy andando al estanco (siempre el sentimiento de culpabilidad por ir a comprar el diabólico tabaco), a la vuelta cojo el coche y voy. Lo dicho. De paso. Tenía una carnicería cerca de casa, pero con la manía de creerse pescadería y sólo abrir por la mañana, la dejé. El carnicero ha esbozado una media sonrisa hoy. Si conocierais a mi carnicero, entenderíais el por qué de mi comentario. Incluso me ha dicho que soy de las poquisísimas personas (o sea la única) que ha llamado ossobuco al ossobuco y a pesar de mi desconfianza primigenia hacia todo y todos, algún recóndito lugar de mi ser se ha visto colmado de orgullo.
Miro el reloj del coche al subir. Sólo he tardado media hora. Incluso me puedo permitir jugar al peligroso juego de guardar el coche en la cochera y demostrar así a mi marido que aunque no entienda de seguros de coche, yo también puedo hacerlo. ¡Oigan! ¡Que meter un coche nuevo y además ranchera en un ascensor no es tan fácil! Y menos cuando debes centrarte en realizar la maniobra exacta en lugar de mirar cómo esas dos señoras que no han visto la puerta de la cochera me observan desconcertadas enfrente de mí, preguntándose la una a la otra con qué propósito estoy intentando cortar la calle perpendicularmente con mi coche. Cuando por fin la puerta se abre, debo olvidar las miradas atónitas de las dos señoras al asomar la cabeza por mi lateral derecho mientras empiezo lo imposible. Y lo consigo. Y será un tanto frívolo por mi parte, pero me hace sentir muy bien. Bueno, puede que para mi ego haya valido la pena retrasar un poco la ducha.
Llego a casa, contenta, realizada como ama de mi hogar, con mi bolsa de carne de 30 euros (no es que no entienda de cantidades sino que mi carnicero tiene unas manos enormes en las cuales un kilo de chuletas parece un trocito minúsculo de carne). Llego a casa, me dispongo a ponerme las pantuflas para ducharme, mientras mi marido me comenta algo de la carne, que la niña tiene cumpleaños mañana, invitada por David, el niño que tiene hasta un zoo en su mansión, sigue con la carne, pienso en el cumple, mi madre me ha llamado hace un rato y le he dicho que iría mañana con las crías, pregunto por la hora, recuerdo que mañana, como la mayoría de las mañanas laborables por cierto, trabajo, pienso en el regalo, pienso en el baño, pienso en que el único sitio donde comprar un regalo está a cinco minutos en coche, y el único momento del que dispondré para hacerlo es ahora, o después del cumpleaños, pienso que he guardado el coche, y de pronto, dejo de pensar, meto a las crías en el coche rojo (que ha pasado a ser el viejo, el que menos apetece coger), y nos vamos a comprar un regalo al pequeño David.
Meterse en una tienda de juguetes con mis mengajas y pensar que van a irse de ahí de vacío es como creer en... ??? Una vez asumido esto, se trata de limitar al máximo los destrozos, o sea reducir el gasto (de lo contrario sería mimarlas demasiado). Entonces, ¿por qué las llevo? Porque con 3 y 5 años, visitar una tienda de juguetes es uno de esos placeres de la vida, y me encanta verlas corretear de una estantería a otra, y cómo se les ponen los ojos como platos cuando descubren algún juguete que les gusta. Disfruto casi tanto como ellas. Tiempo que metemos en encontrar el regalo: 5 minutos. Tiempo que tardamos en lo otro una buena media hora, tres dependientas movilizadas y cuatro clientes esperando para pagar y marcharse mientras mis dos mengajas están subidas encima del mostrador y buscando en el catálogo vía internet para mostrarles las nuevas Pinypon con pelo de verdad que han sacado para saber si las tienen ya. Y entonces va mi dependienta y me lleva a otro lado, supongo que lejos de los ojos de los demás clientes para cometer mejor su crimen, y nos hace esperar un minuto hasta aparecer de nuevo con dos lotes de tres pinypons, no una, tres, a las que no les veo el pelo natural por ningún lado y en la otra mano el yate último modelo que será en breve el objeto de deseo de todas las niñas adictas como las mías a las pinypons.
Touché. Es lo que pienso al mirar a la dependienta. Tener a tres dependientas ocupadas buscando pinypones peludas no iba a salirme gratis. Pero vuelvo a confiar en la humanidad cuando veo cómo se apiada de mis reticencias a llevarme un juguete que vale el doble que lo que de verdad veníamos a comprar (o también habría acertado si hubiese pensado que ese yate sería probablemente el último juguete que me llevaría de esa tienda) y entre las dos, convencemos a mi nena (edad real: 5 años y medio; edad mental: 2 ó 3 años más que su padre y yo) que el yate se lo tiene que comprar su tita para su cumple y que se lo van a guardar (tita, ahí lo llevas).