lunes, 16 de abril de 2012

De cómo va cambiando el día

El título está cogido con pinzas, lo sé.
(Pero claro, que la alternativa "de música en el coche a tiempos aciagos" no suena mucho mejor; a ver si antes de acabar, encuentro alguno mejor)
Esta mañana sin embargo prometía ser un buen día. Un bueno y gélido día. Por una vez, la radio había puesto una tras otra canciones que me hablaban. Y eso, ¿cuántas veces ocurre sin necesidad de estar constantemente dándole al botón de las estaciones? ¿Eih? Sí que recuerdo perfectamente los títulos, pero no los voy a poner aquí. Por personales no, por ñoños, jajajajaja.
Empezaré a sentirme mayor el día que deje de cantar y de bailar en el coche. Desgraciadamente estoy madurando algo. Ya me corto más al gritar si me cruzo con algún conductor. Lo hago con la boca chica. Y si hay algún coche cerca intento disimular los movimientos de caderas y de brazos y me limito a mover la cabeza. Pero es que la música en el coche me transmuta en bailarina de barra americana en medio de la pista de una discoteca donde soy la dancing queen de abba. Y no puedo no bailar. Es que tampoco hay motivos para no hacerlo. O ¿es que eso también provoca accidentes? Sinceramente, no conozco mejor manera de empezar el día.
Y luego todo ha ido sobre ruedas, ha seguido el curso natural de una mañana que empieza bien. El desayuno ha sido divertido, ganando adeptas a ese plan N que queremos poner en marcha. Lo admitimos todos los del club de los desayunos en Los Membrives. Somos peores que nuestros alumnos. Mucho más. Sonrisa. El día que me vaya y tarde o temprano me iré, echaré de menos esa media hora y esas charlas.
Entonces, ¿cuándo y por qué se torció el día?
A cuarta hora. Me pasa por escuchar conversaciones ajenas en lugar de dedicarme a lo mío.
Son tiempos aciagos. El viento trae aires de miseria y de conflictos. El futuro es bastante sombrío, y lo peor es esa sensación de que el fin paradójicamente se alejara cada vez más. Sería estúpido por mi parte rasgarme las vestiduras, por ahora soy afortunada, pero creer que no nos ha afectado ya a casi todos o que no seguirá haciéndolo, en menor o mayor medida, mirar para otro lado sería vivir en los mundos de yupi. Algo hay que hacer.
Pero si sintiera que me desprecias una sola vez, entonces, para mí, tu ser dejará de importar. Te veré pero no te miraré, te oiré pero dejará de importarme lo que tengas que decir. Ya no me importará ni lo que te haga reír ni lo que te haga llorar. Seré impermeable a tu dolor y a tu risa. Tu existencia habrá pasado a serme indiferente, inexistente.
Críptico, muy críptico hoy, incluso un poco obtuso, y añadiría que con un final exagerado. Pero esa es la amarga sensación que me ha quedado pegada al cuerpo desde esa cuarta hora, y aun a estas horas no he conseguido ahuyentarla.
Se hace tarde y tengo sueño.